domingo, 8 de julio de 2012

Ilustraciones de Salomé de Oscar Wilde por Aubrey Beardsley: La femme fatale y el andrógino simbolista de fines del siglo XIX


Valentina Aparicio
Fecha: 21 de junio de 2012


¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo,
Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina,
Vuelca confusamente el beneficio y el crimen,
Y se puede, por eso, compararte con el vino.
(…)
Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;
De tus joyas el Horror no es lo menos encantador,
Y la Muerte, entre tus más caros dijes,
Sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.

Baudelaire, Himno a la Belleza



La exaltación de la femme fatale y de los andróginos en el arte moderno tiene su raíz principalmente a fines del siglo XIX. Ambos tipos estéticos ponen en cuestión el paradigma tradicional de los géneros que había dominado hasta entonces, pero su raíz tiene mucho que ver con transformaciones socio-políticas que se dieron en el mismo periodo. A lo largo de este texto se analizarán ambos conceptos a la luz de esta nueva concepción, a fin de aplicarlos como categorías de análisis de tres ilustraciones que hechas por Aubrey Beardsley (Brighton, Inglaterra, 1872-1898) para la obra teatral Salomé de Oscar Wilde (figuras 1, 2 y 3). Esta pieza fue escrita y publicada en 1891 en lengua francesa. Las imágenes que se tratarán a continuación, sin embargo, acompañaban la primera edición en inglés publicada en 1894 con la ayuda de John Lane.

Fig. 1
Beardsley, A. (1893); The stomach dance; Dibujo a tinta sobre papel; 22,5 x 17 cm.;
Cambridge (MA), Fogg Art Musem


Fig. 2
Beardsley, A. (1893); Enter Herodias; Dibujo a tinta sobre papel; 21 x 21,5 cm.;
Los Ángeles (CA), Los Ángeles County Museum of Art.

 
Fig. 3
Beardsley, A. (1893); The climax (J’ai baisé ta bouche Iokanaan);
Dibujo a tinta sobre papel; 22 x 15,5 cm.; Londres, Victoria and Albert Museum.


Fig. 4
Von Stuck, F. (1906); Salomé; Óleo sobre tela; 114,5 x 92 cm.; Munich, Städtische Galerie im Lenbachhaus.

 
A lo largo del análisis se estudiarán con particular interés dos de las figuras fundamentales en el relato de Wilde: Salomé y Herodías. La construcción de ambas a lo largo de la tradición será central para dilucidar la representación de, a la vez, transformación que presentan de ellas tanto el artista visual como el escritor. En este sentido será primordial la definición de los conceptos de Eros y Tánatos en relación a las figuras androgínicas y de femme fatale. Ambas nociones son, en principio, antitéticas y, no obstante, se ven de modo complementario de forma clara en la obra dramática y en el relato tradicional. Para fines del proyecto estas nociones serán abordadas principalmente en torno a la tradición amatoria que se erigió alrededor de los protagonistas del relato y de las ilustraciones de Beardsley y de otros simbolistas sobre figuras relacionadas.
            La figura de la femme fatale se ha encontrado vigente transversalmente a lo largo de la historia de Occidente. Este modelo pertenece a la distinción del sexo femenino en tres formas distintas, las cuales han tenido su auge en diversas épocas dentro de las representaciones artísticas y literarias: la mujer musa, la mujer virgen y la mujer devoradora (Camacho 25). La última de estas se caracteriza por su alto nivel de perversión pues es aquella fémina que podría llevar a cualquier hombre a la perdición por medio de su libido descontrolada. Podría calificarse al tipo femenino de la femme fatale como un mito cultural al ser la cristalización de una matriz discursiva, en este caso de orden hegemónico heterosexual, que convierte los modelos históricos particulares en funciones naturalizadas (Barthes en Meier 118).
La “mujer fatal” se caracteriza por ser un ser híbrido, representante de la unión indisoluble entre Eros y Tánatos (Camacho 26-27). Ella es el deseo de la destrucción, derrochando un impulso sexual estéril que succiona la vida de los hombres, a diferencia de la figura de la mujer virgen quien es, simultáneamente, madre, y figura una sexualidad procreativa. Es debido a la combinación anterior entre Eros y Tánatos que estas mujeres pueden comprenderse como seres híbridos: son esfinges, súcubos, ninfas, arpías, vampiresas, satiresas y medusas. Del mismo modo, existe una larga lista de mujeres fatales, no solo míticas o de origen bíblico, sino también históricas, que han sido recurrentes dentro de la historia del arte. Algunas de las anteriores son Lilith, Eva, Pandora, Judith, Dalila, Lía, Rebeca, las hijas de Lot, Circe, Helena de Troya, Semíramis, Circe o Salomé, que aquí será tratada con mayor extensión, y también Cleopatra, Lucrecia Borgia, Paulina Bonaparte o Sarah Berndhart, en quien se basan las ilustraciones de Beardsley.
Hacia fines del siglo XIX  y principios del siglo XX resurge con muchísima fuerza en el ambiente europeo, aunque también reflejado en el continente americano, el concepto de la “mujer fatal”. Lo anterior se traduce en la aparición de este motivo en una serie de obras de la época, tanto en las artes visuales como en la literatura y la música. Artistas como Spilliaret, Kubin, Von Stuck, Beardsley, Mucha, Moureau, Klinger y Klimt, entre muchísimos otros, tratan esta temática con fuerza. Junto a esto son vivificadas también las mismas figuras ancestrales de la femme fatale, especialmente Salomé, quien no había sido tratada con demasiado ahínco hasta entonces. Esta joven, quien, luego de bailar la danza del vientre a Herodes, su padrastro, decide pedir como recompensa la cabeza de Juan Bautista, había sido antes siempre tratada como un personaje menor, a diferencia de Herodías, su madre, quien odia a Juan Bautista por condenar su incestuoso matrimonio con Herodes, hermano de su muerto marido. En este sentido, también aparece la “mujer fatal”, pero ya no solo poseedora de una fuerza estrictamente sexual sino también a un nivel político.
El auge de la femme fatale en la Europa de Fin de Siglo se condice con una serie de acontecimientos político-sociales de la época. Aquella era fue de una fuertísima “contaminación erótica” según califican algunos autores (Camacho 25). Esta sociedad altamente erotizada, sin embargo, se veía contrastada con el levantamiento de dos figuras nuevas: una era la mujer liberada y la otra era el hombre públicamente homosexual. Tanto las New Woman, como se llamarían las mujeres que estudiaban, andaban en bicicleta, querían votar y fumaban, como los dandy fueron nuevas formas, no productivas de la sexualidad, que atacaban directamente las bases de la ideología heterosexual imperante Estos nuevos sujetos desafiaron la oposición hombre-mujer, generando pavor en los grupos conservadores de la época. Si se piensa en el caso de Oscar Wilde, por ejemplo, ha de considerarse que se está tratando con una tardía sociedad victoriana que, además, lucha con un alto crecimiento de la prostitución y de la sífilis en el país (Meier 118-119).
La femme fatale representa un orden estrictamente masculino de una sexualidad potente y abarcadora. La libido de la “mujer fatal” succiona la vida del hombre. Por lo mismo, esta figura es vampírica. De hecho, en la figura 3 es posible ver cómo Salomé realmente está flotando al besar los labios de la muerta cabeza de Juan Bautista. Lo anterior lleva además, a considerar otro punto importante: en la época salen a la luz pública y son representadas en el arte muchas prácticas sexuales que habían estado siempre escondidas en las tinieblas. En el caso de las representaciones de Beardsley podemos ver la necrofilia evidenciada, pero también se podría hablar de pedofilia en la medida en que Salomé es considerada solo una niña, una adolescente que en su juego de bailes envuelve la sexualidad masculina. En el caso de la obra de Wilde, además, existía una pareja homosexual que tuvo que ser quitada del guión original convirtiendo a uno de sus participantes en mujer a fin de que a la tragedia se le permitiera ser publicada. Por último también estaría el sadismo del que son protagonistas tanto Salomé como Herodías quienes desean recibir como premio a la incitación sexual la muerte del observador. Así se torna explícita la ligazón entre lo femenino y lo pervertido, lo perturbador y lo demoníaco, que llega a asesinar incluso al antecesor más grande antes del mismo Cristo: Juan Bautista.
La problemática de “mujer fatal” y su ligazón a lo malvado también se hace evidente en la cita de la obra de Wilde que se encuentra escrita en la ilustración de The Climax (fig. 3). Al decir “yo besé tu boca Iokanaan” está diciendo, también, que ha una marca en el mismísimo profeta.  La mujer, por tanto, es muchísimo más que humana, es un astro y una deidad que puede corromper al hombre. Herodes, que intentaba mantener vivo al Bautista por razones de superstición y por miedo, no puede mantener su devoto designio frente a la mujer. Por detrás está Herodías quien mueve los hilos de la intriga y en frente está la imagen de la femme fatale que es la niña demoníaca Salomé. De hecho, es posible observar cómo estos dos personajes aparecen siempre acompañados en las ilustraciones de seres infernales. En el detalle de la figura 1 se encuentra el citarista, quien es evidentemente un demonio. Su extraña expresión lo indica, al igual que sus cabellos sobrenaturales como enredaderas que se tejen mientras traspasa al espectador con su mirada y su burla.
            La nueva mujer aparece especialmente ligada lo exótico, tal como sería el caso de Salomé. Los aspectos formales de la obra de Beardsley evidencian este aspecto. Especialmente en The stomach dance (fig. 1) es posible reconocer la evidente influencia de las estampas japonesas en el artista. Además aparece lo demoníaco en rituales desconocidos para los hombres y que se encontraban fuera de su alcance en el actuar social: la cosmética y el baño. Lo anterior puede aplicarse a otra de las ilustraciones de Beardsley para Salomé que aquí no se trabajará mayormente (fig. 4) en que podemos ver el momento en que la protagonista se acicala. Esto podría ser ligado también a las magias negras de la mujer demoníaca quien tiende las redes de sus engaños por medio de máscaras. Tal temática, además, se ve explícitamente aludida en Enter Herodias (fig. 2) donde el acompañante de la mujer de Herodes va desnudo pero llevando una máscara en las manos. Esta mujer enorme y de gran poder político aparece representada de un modo andrógino, idea que se desarrollará más adelante. Es interesante cómo se va construyendo la representación de la mujer deseante, que no es ya solo un objeto deseado sino que posee una sexualidad agresiva. Esta se esconde bajo los rituales de la magia femenina: los ropajes suntuosos, los perfumes y, finalmente, todo aquello que se relacione a lo exótico y cosmopolita (Camacho 35). Por este medio se aleja a la mujer de su entorno real y vivencial, haciendo desaparecer al sujeto femenino que intenta consignar su identidad y está sumergido en los conflictos sociales y culturales de su época.
Sería poco consistente suponer que la presentación de la femme fatale en la obra de Wilde, interpretada y figurada por Beardsley, se debiera a un miedo a la nueva mujer revelada por medio de las ideas liberales. Es cierto que el autor irlandés siempre gustó de las mujeres de personalidad fuerte, tal y como el describe a su propia madre Esperanza (Meier 121). Por lo mismo es que se habría elegido a la mítica Sarah
Berndhart para basar las ilustraciones. Sin embargo, también habría otra explicación. En la época, donde tenía especial resonancia la teoría del darwinismo social, se intentaba explicar desde una perspectiva pseudo-científica la incapacidad e inferioridad de la mujer. Tal como explica Camacho,
(…) la mujer pasó a convertirse en un motivo recurrente de discusión y reflexión, que propició todo tipo de enfrentamientos enconados sobre el papel que debía desempeñar la mujer en la nueva sociedad construida sobre los escombros del Antiguo Régimen. Pocas veces en la historia se había hablado tanto de la mujer, de su participación en la vida pública, de sus cualidades dentro de la familia, de sus virtudes en las grandes ocasiones y de sus perversiones en las distancias cortas. La centuria es pródiga en códigos civiles, tratados filosóficos, ensayos científicos y sociológicos, que tratan de explicar y justificar la nueva imagen de la mujer. Lo sorprendente es que esa imagen de la mujer tiene un origen masculino y serán los patrones culturales patriarcales los que determinen los derroteros, los éxitos y fracasos de la mujer finisecular (23).

 
            Del mismo modo, al surgir el sujeto público homosexual, cerca de 1870 (Foucault en Meier 120) se trata de explicar el hecho, no por medio del gusto efectivo de un hombre hacia un hombre, sino a través de la supuesta misoginia (Meier 121). Esta nueva misoginia aparece de la mano al miedo por las nuevas mujeres que pueden volver loco a un hombre, conocen mil formas de seducción pero además poseen un alto nivel intelectual, equiparándose culturalmente al hombre, donde llegarían a tener su mayor grado de perversión (Camacho 26).
El efecto de lo anterior es visible en un amplio trabajo de los artistas de la época con la con la estética andrógina, que a diferencia del hermafrodita mezcla las características secundarias de lo masculino y lo
femenino (Pacteau en Detmers 111). Muchos artistas de Fin de Siglo, y especialmente los simbolistas, poseen una fascinación por la ambigüedad sexual que plasman en muchas de sus obras. Esto también se ve reflejado en las representaciones de Beardsley, en especial en Enter Herodias (fig. 2). Aquí la mujer de poder político que, finalmente, será la gestora de la venganza en un nivel más crudo es Herodías y, por tanto, se le representa con enormes senos pero sin ninguna curva femenina. Incluso su rostro, como se aprecia en el detalle es de tipo masculino. Del mismo modo, los seres que la rodean son también andróginos. Por un lado está el hombre que la acompaña en su entrada que parece ser una anciano o una anciana y del otro lado un joven de rostro femenino que lleva una máscara.
            La androginia en realidad no se supone sea una característica perteneciente totalmente al sujeto observado sino solo parcialmente. Esta estaría dada por el espectador y la mirada que él ejerce (Pacteau en Detmers 112). Es importante considerar que el mismo Wilde establece este tipo de estética sobre su propio cuerpo, no directamente por el hecho de ser homosexual, sino por ser un dandy. Incluso él llegó a vestirse de Salomé para ser fotografiado (fig. 5). El andrógino representó para el grupo social masculino, tanto homosexual como heterosexual, la unión limpia de la depravación por la que eran juzgados en su propia época (Martinot 57) y la vez era una protección contra ninfomanía. De este modo tiene más sentido ver a Wilde representando a la madre Herodías, quien quiere destruir a Juan Bautista porque no la deja unirse en paz con su amor prohibido, Herodes, quien a su vez está enamorado de su propia hija.
            Como ha sido posible observar, la literatura y las artes visuales del Fin de Siglo establecen una versión altamente idiosincrática de la unión entre el Eros y el Tánatos en la femme fatale, somatizando la liberación sexual como si ella fuese a costa del hombre y su libertad (Martinot 44). La mujer, por tanto, chuparía la vitalidad al hombre convirtiéndose en la ninfómana contra-natura que no busca la reproducción en su propia sexualidad. Esto, queda demostrado, aterró al hombre de su era a tal punto de convertir el mito cultural en una de las representaciones más recurrentes de su tiempo. Salomé es una de estas mujeres. Con su danza macabra y el premio necrofílico que finalmente pide está uniendo explícitamente Eros y Tánatos. En la figura 3 es posible verlo claramente. Sin embargo, también es notorio cómo la fuerza se traduce a la vez en un rostro masculinizado como se ve en el detalle. Ya no es la joven infernal que danza en The stomach dance y que sigue manteniendo un rostro, si bien perverso, femenino. Al momento de conseguir el premio Salomé se ha convertido en un andrógino y lo mismo ha sucedido con Juan Bautista. Ambos poseen ahora cabezas de medusa y están a punto de cumplir la fantasía que a lo largo de todo el  relato  fue  el centro del deseo lascivo: la posesión de los labios. Esto es evidentemente un trazo vampírico pero, también, la unión fatal entre sexo y poder.
            Salomé, en todas las ilustraciones, es una niña humana y sobrenatural. No hay linealidad ninguna en la representación de su rostro, son más bien miles de máscaras, mujeres y seres andróginos embrujadores, flotantes, mágicos y perversos.  La madre, Herodías, se construye como la gran bruja que ha llevado el poder político por medio de sus manejos eróticos y, por lo mismo, es un andrógino alto e imponente que concentra la inteligencia y un estoicismo que pareciera ser maquiavélico. De hecho, Herodías no pierde el control a lo largo de la obra, sino que solo Herodes lo hace. No sabe cómo actuar frente a Salomé, si rendirse al deseo sexual o mantenerse fuerte ante la superstición y, podría decirse, la religión y la moral. Finalmente Herodes sucumbe al deseo pero, sin poder soportar las consecuencias, decide mandar a matar a Salomé para ya nunca más flaquear ante sus provocaciones. Quien sobrevive, sin embargo, a toda la trama de Wilde es Herodías, el andrógino poderoso e implacable del cual se han cumplido todos los designios.

 
Bibliografía

Martinot, L. “Fin de Siècle en Europa, o una crisis del sistema modernista”. Tesis de magíster en Artes con mención en teoría e historia del arte, Universidad de Chile, Santiago, 2009.
Camacho, J. M. “Del fragilis sexus a la rebellio carnis. La inveción de la mujer fatal en la literatura de fin de siglo. Cuadernos de literatura, XI, n°20. 2006: 22-36.
Gibson, M. El simbolismo. Barcelona, Taschen.: 2006.
Gilbert, E. ‘Tumult of images’: Wilde, Beardsley and Salome. Victorian Studies, XXVI, n° 2, 1983: 133-159.
Detmers, I. “Oscar’s fashion: constructing a rhetoric of androgyny”. The importance of reinventing Oscar: Versions of Wilde during the las 100 years. Eds. Böker, U., Corballis, R. y Hibbards, J. Amesterdam, 2002. 111-116. Rodopi.
Meier, F. “Oscar Wilde and the myth of the femme fatale in the fin-de-siècle culture. The importance of reinventing Oscar: Versions of Wilde during the las 100 years. Eds. Böker, U., Corballis, R. y Hibbards, J. Amesterdam, 2002. 117-134. Rodopi.  





viernes, 1 de junio de 2012

El gran teatro del mundo: determinación y libre albedrío en una concepción cristiana de la existencia humana


Valentina Aparicio
2 de diciembre de 2011

Acuérdate que conviene que representes la parte que te ha querido dar el autor  de la comedia. Si es corto tu papel, represéntale corto, y si es largo represéntale largo. Si te manda hacer el papel de pobre, hazle naturalmente lo mejor que pudieres. Y si te dan el de príncipe, el de cojo o el de un oficial mecánico, a ti te toca el representarlo y al autor el escogerle.
(Epicteto 89)

El gran teatro del mundo es considerado por muchos la obra clave dentro de la producción de autos sacramentales de Pedro Calderón de la Barca. Formando parte de sus escritos de madurez, esta pieza fue escrita hacia 1635, pero no llegó a ser representada sino por primera vez hacia 1649.  Tal como lo indica su nombre, uno de los temas fundamentales dentro de este auto es la comprensión de la existencia humana como una representación, donde toda persona es un actor y debe tener por objetivo llevar a cabo su papel de la mejor manera posible. Esta concepción de la vida, sin embargo, es de larguísima data dentro de la historia occidental. Dentro de las influencias filosófico-teológicas principales que recibió Calderón mientras desarrolló la creación de su obra se pueden contar los textos clásicos de los estoicos, la escolástica y medios de interpretación bíblicos de la época y el erasmismo floreciente en España.
La visión de la vida como una obra teatral se remonta, en la tradición occidental, a los planteamientos de los estoicos clásicos, principalmente Séneca, Epicteto y Lucio (Vilanova 154-156). Proviene de esta tradición tal concepción de la existencia humana, no solo en términos de la vida como representación, sino también por medio de otras variadas similitudes. Según lo planteado por Séneca, la vida humana podría ser equiparada a la comedia, en primer lugar,  en tanto su extensión está determinada por una entidad externa, de manera que los personajes no solo no manejan tal destino sino, además, parecen olvidarlo. En segundo lugar, el símil estaría dado por aquellos disfraces transitorios, de diversos personajes, que son entregados al hombre para que cumpla su rol en el Mundo, pero que son quitados hacia el final de la obra (Séneca 81-82) Epicteto es quien, sin embargo, pone fuerte énfasis en el problema de la representación, tanto en términos personales como en términos sociales: todo hombre entra a la vida a fin de actuar su papel y la finalidad no es cambiarlo sino lograr representarlo de la mejor forma (Epicteto 89-90). Por último es Luciano quien ejerce la influencia mayor hacia la herencia de tal comprensión, influenciando con este tipo de comprensiones estoicas lo que fue el desarrollo del erasmismo en Europa y, especialmente, en España durante el siglo XVI (Vilanova 156).
La influencia de los clásicos no es la única importante para la comprensión de la vida como una obra de teatro en Calderón. Entran en juego, además, otras dos visiones que se conjugan: la escolástica en la interpretación bíblica y la corriente erasmista (Fiore 41). Durante el medioevo y, transversalmente, a lo largo de la historia occidental, ha sucedido que “(…) la literatura se [ha hecho] susceptible de un abordaje múltiple, simplificado en los cuatro sentidos derivados de la interpretación bíblica: literal, moral, anagógico y alegórico; a su vez reductibles a dos, el literal y el alegórico” (Egido 91). Es fácil ver cómo Calderón sigue este mismo modo de construcción, poniendo especial énfasis en el plano alegórico, al crear El gran teatro del mundo. De esta forma se produce en el auto sacramental un tiempo y geografía alegóricos que contendrán el proceso de la acción a fin de transmitir una idea más profunda. Por otro lado, la religión católica tiene importancia también en el desarrollo mismo del contenido al problematizarse dos planos fundamentales que más adelante se abordarán en toda su extensión: la predestinación y el libro albedrío.
Siguiendo esta línea causal en el pensamiento filosófico-teológico de la obra a tratar aquí, se encuentra la comprensión más específica de los dogmas católicos a través del erasmismo (Vilanova 155). Tal como lo sugiere Erasmo de Rotterdam, se deja de lado en la obra la superficialidad del rito y se pone énfasis, ya no en los atavíos exteriores, sino en los aspectos medulares de la creencia. Se trata aquí la existencia misma del hombre, su creación: el propósito de su vida y el propósito de su muerte. Según lo anterior, todo gira en torno al Juicio Final, tal como plantea el cristianismo. Sin embargo, lo anterior no poseería la profundidad de una lectura de Calderón sobre Erasmo si no integrara, por otro lado, una reinterpretación de la teología cristiana, especialmente en relación a lo planteado por San Pablo, tan como lo sugería el reformador (Vilanova 156).
La temática de El gran teatro del mundo se construye en torno a dos conceptos que se entrelazan: la predeterminación y el libro albedrío. Es el Autor quien crea a los personajes y  les asigna sus posiciones provocando que, dentro de este plano no exista ninguna posibilidad de que cada una de las almas determine su propia existencia. El papel a representar por cada uno está claro y no hay posibilidad de alegato posterior. Por más que el Labrador o el Pobre intenten persuadir al Autor al ver los papeles que les han tocado, los hechos se desarrollan tal como relata la Hermosura:

La Hermosura: Solo en tu concepto estamos, / ni animamos ni vivimos, / ni tocamos ni
sentimos / ni del bien ni el mal gozamos; / pero, si hacia el mundo vamos / todos a representar, / los papeles puedes dar, / pues en aquesta ocasión / no tenemos elección[1] / para haberlos de tomar (Calderón 15-16).


Los papeles son, tal como se ve en la cita anterior, distribuidos por el Autor. Luego, más adelante, los disfraces son entregados por el Mundo, intermediario entre los mortales y Dios (Fiore 42), lo que permite a cada uno recibir lo necesario para llevar a cabo su tarea de la mejor manera posible. Siendo este el escenario principal dentro de la obra es posible deducir, finalmente, que “El enigma de la existencia en sociedad es que el hombre es confrontado por fuerzas a las cuales no puede ni comprender en su totalidad ni controlar, pero aun así es responsable, por medio del uso de su intelecto y su voluntad, de su situación moral”[2] (Fiore 51-52).
            En la obra de Calderón se produce una síntesis filosófico-moral y de dogmas teológicos que enfrenta al hombre al problema de encontrarse involuntariamente en la existencia (Fiore 40). Es en este problema donde se contraponen y entrelazan predeterminación y libre albedrío. Evidentemente parte de la libertad ha sido sesgada, tal como comenta San Pablo, de importante influencia para el desarrollo de las ideas de Erasmo, en relación a la evangelización de los pueblos por parte de los apóstoles y los primeros cristianos:

A él, por quien entramos en herencia / elegidos de antemano[3] / según el previo designio del que realiza todo / conforme a la decisión de su voluntad, / para ser nosotros alabanza de su gloria / los que ya antes esperábamos en Cristo (Efesios 1:11-12).

            Según la cosmovisión judeo-cristiana, ya desde su creación en el Génesis el hombre cuenta con el libre albedrío entregado por Dios. Es este el origen del pecado, es esto lo que pone a prueba Satanás a lo largo de todo el libro de Job. Sin embargo, es evidente que la existencia todopoderosa de Dios implica también el conocimiento completo de todos los planos de la existencia, dando así al Autor, en el caso de la obra de Calderón, el poder de distribuir los papeles, entregando a la vez los castigos ya conocidos desde un comienzo. La predeterminación estaría dada, según lo que se presenta en El gran teatro del mundo, más que nada por la situación social de cada uno de los individuos. De esta forma, ya no solo existe un posible análisis en torno al propósito de la vida en el auto de Calderón, sino también una construcción sociológica de la que el “gran teatro” solo vendría a ser el contexto alegórico: la gran problemática estaría en la existencia como ser social que vive el hombre (Fiore 40).
            No sería posible decir que, simplemente, El gran teatro del mundo terminaría por ser un drama sociológico. En la época en que fue escrito la concepción del funcionamiento social se encontraba ligada directamente con la cosmovisión filosófico-teológica de la existencia humana. Los personajes, poseedores dentro de sus papeles de una total libertad, se enfrentan al problema ético de decidir qué es aquello moralmente correcto (Fiore 41): deben usar sus bienes en una función a la vez social e individual, a fin de satisfacer aquello solicitado por el Autor y cumplir sus roles particulares de la mejor forma posible. El Mundo es el reflejo de la voluntad e intelección del autor (Fiore 42) sobre el cual cada uno de los individuos debe “desempeñar” su existencia. ¿Cómo llevarlo a cabo? El Autor, como el Dios cristiano, promete una salida para aspirar a la Vida Eterna: la Ley de Gracia y la Voz.
            Tal como sucede en el catolicismo por el que aboga Calderón, existen dos formas fundamentales en que Dios conjuga el problema de la predeterminación y el libre albedrío para guiar a sus hijos. Uno de estos medios es el personaje que encarna la Ley de Gracia, el cual tiene dos mensajes repetidos a lo largo de la obra: “Obrar bien que Dios es Dios” y “Ama al otro como a ti”. Estos mensajes permiten establecer una guía de la libertad en los dos planos que se problematizan dentro de El gran teatro del mundo: el primer mensaje pertenece al desarrollo moral individual; el segundo al plano social. Si la Ley de Gracia hubiese sido escuchada, todos los actores de la obra habrían sido salvados en el Juicio del Autor. En segundo lugar se encuentra, además, la Voz, la cual guía a los personajes en la hora de su muerte, no solo recordándoles su destino sino, también, otorgándoles espacio para el arrepentimiento. Ambas “voces” ya nombradas podrían ser identificadas con las funciones de la Iglesia en la época o, al menos, con aquellas que se esperaba y se suponía cumpliera.
            En El gran teatro del mundo se produce claramente una conjunción entre el libro albedrío y la predeterminación dada por el Autor, es decir, Dios. Es complejo suponer que realmente Calderón quiera dar cierre a la problemática, siendo muy importante dentro de la teología católica, especialmente durante el desarrollo de la Contrarreforma. Más bien Calderón ofrece una descripción, representación y apreciación, sin resolución real, de una problemática sustancial para el catolicismo. La gran respuesta estaría solo dada por la Ley de la Gracia a la que el hombre debe escuchar; el resto está todo sometido a la voluntad de Dios. La función de la ley divina es dirigir al hombre hasta el final adecuado sin destruir su libre albedrío (Fiore 44) y Calderón lo tiene clarísimo. La representación de una problemática semejante, abordada con tal maestría, demuestra los dotes impresionantes del autor de El gran teatro del mundo que le han permitido pasar adelante, con el tópico al que prácticamente ha puesto nombre, hasta la memoria eterna de las letras occidentales.


Bibliografía


Calderón de la Barca, Pedro. El gran teatro del mundo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1999.
Biblia de Jerusalén. Dir. José Ángel Ubieta. Bilbao: Desclee de Brower, 1975.

Egido, Aurora. "La fábrica de un auto: «Los encantos de la culpa»". El gran teatro de Calderón: personajes, temas, escenografías. Madrid: Cátedra, 1995. 87-198.
Epicteto. Caracteres morales, Enquiridón o Máximas, La Tabla de Cebes. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1947.
Fiore, Robert. "Calderón's El gran teatro del mundo: an ethical interpretation". Hispanic review, Vol. 40, nº1 (1972): 40-52.
Séneca, Lucio Anneo. Ad Lucilium espitolarum moralium libri XX. Cambridge: Cambridge University Press, 1987.


[1] Subrayado del autor.
[2] “The enigma of existence in the society is that man is confronted by forces which he can neither fully comprehend nor control, yet he is responsible through the uso of intellect and will for his moral situation”. Traducción del autor.
[3] Subrayado del autor.